PALABRAS PARA JULIA
DE LA RÚA
Julia de la Rúa nos trae a Madrid un mundo
hecho de esquinas de tapete, que no cuadran en dobleces de cuadrícula, y deseos
que ella guarda en papelitos diminutos, como quien acude a pedir su gracia a no
sé qué príncipe con corazón de albaricoque; de rebeliones, insumisión y
apetencias de ganarse la vida a fuerza de bondad, cariño, en vez de a
bofetadas, mordiscos, zancadillas, trompicones.
No hay un solo centro que buscar en él, en su mundo; sino
que todo anda disperso, múltiple, plural. Como en un calidoscopio.
Porque nada en Julia, sépanlo ustedes, es premeditado, ordenado, lógico.
Ella es una mujer del “¡ojala!”, del “¡vamos adelante!”,
“¡todo es posible!”, y abre puertas sin poner la llave en la cerradura, mira al
sol porque le da la gana. Apostaría que sufre de insomnio por la noche y duerme
a cabezadas durante el día.
Y porque le apetece, pinta, dibuja, escribe, aborda largos
trasatlánticos en la negrura del océano con la única luz de una bombilla por
toda guía, y, a veces, pide, sí, que la quiera alguien.
Yo sé que El
perfil de los perros, Pui-mic, Dragoste y Los finales y los sueños
están escritos con esa sola única intención: para que la quiera alguien.
Y si escribe: “No permitas Amor que la noche te
engañe/ y que el tiempo borre tu Nombre”, amor es una palabra con mayúscula y
nombrar entraña tanta posesión, que no cabe en esta vida olvidarse de que a la
postre estamos también hechos de palabras y de lenguaje.
En sus poemas, no veo un tema, sino que la vida de
Julia de la Rúa
transcurre por ellos: vital, entregada, beligerante. ¿Hay denuncia? ¿Hay
remembranza? ¿Hay pasión? Sin duda. Y yo, cuando la leo, no me pregunto si
escribe bien o lo hace mal; si resulta ingenua en este siglo que casi recién
comenzado se nos cae como una losa; o deviene
en premonitoria, inquietante a fuer de ser inquieta.
Sucede que al leerla no veo literatura, y eso es tan
infrecuente como que Margot me bese en la mejilla por la calle o encontrar a
alguien que me recuerde de cuando yo era niño.
¿Por qué será, querida Julia, que al final acabamos
indubitablemente por sentirnos huérfanos?
Manuel Lacarta

Qué grande es Manuel.
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