PROHIBIDO ESTÁ BESARLA
Esta noche prohibido está
besarla,
acariciarla suavemente con
los dedos
de la mano, inclinarse para
oler
su perfume, de repente tocar
su tersa piel. No se puede ahora
hablar junto a su oído, con
la lengua
hacerle cosquillas en los
codos,
las orejas, entre las finas cuentas
del collar que luce en la
garganta.
No está permitido ver y
remirarse
en el fondo de sus ojos,
desenredar
el laberinto de su pelo. Esta
noche
la casa y el universo de
repente
se han vuelto un lugar
oscuro. Casi
ya no lo recuerdas, pero fue
de esa
extraña manera en que todo
sucede. Nos quedamos solos
cuando el mundo y ella nos
dejan
definitivamente al margen
y nos abandonan, nos colocan
una venda sobre las arrugas
de la frente y cada pliegue
de los párpados, llenan
nuestro correo con adioses,
“hasta luego” y “hasta pronto”;
entonces,
corremos las cortinas y
Vivaldi
suena atronador en todas
partes:
el salón, sobre la mesilla de
la cama,
dentro del frigorífico de dos
puertas
y también en la mesa llena
de papeles del despacho. Qué
locura esa música
ensordecedora.
Tan tarde. Cuando la gente
duerme.

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