miércoles, 22 de octubre de 2025

EL PERFIL DE LOS PERROS. LA VIOLENCIA DEL GÉNERO.https://rancholasvoces.blogspot.com/2009/03/convocatoria-espana-manifiesto.html

CD. JUAREZ, CHIH. JACK RO. La obra el perfil de los perros, escrita por la artista española Julia de la Rúa, se inscribe en una dramaturgia contemporánea que desafía las convenciones escénicas y propone una experiencia estética profundamente simbólica, en un enfoque político que muestra los problemas ontológicos más profundo de los instintos salvajes del ser humano.

En este texto se analiza la obra desde un enfoque social y cultural, estableciendo un marco historico que articula influencias del teatro ritual, político y feminista del siglo XX, así como elementos del teatro de la crueldad, el teatro posdramático y el teatro testimonial. Se propone una tesis teatral que sitúa la obra como un dispositivo escénico de resistencia frente a la violencia diversificada y estructural de géneros en el siglo XXI.

El perfil de los perros constituye una dramaturgia neoexistencialista que, mediante una poética escénica interdisciplinaria, convierte el teatro en un espacio de resistencia, sanación y reconstrucción identitaria. La obra no se limita a representar la violencia de género: la transforma en potencia creadora, en un lenguaje simbólico y en un acto político.

Una de las influencias más evidentes en la propuesta escénica es el pensamiento de Antonin Artaud, cuya concepción del teatro de la crueldad redefine la función del teatro como un acto de conmoción, desestabilización y catarsis. Para Artaud, el teatro debía abandonar la lógica narrativa y el confort del texto para convertirse en un ritual que sacudiera al espectador desde lo más profundo de su inconsciente.

En este sentido, Julia de la Rúa retoma y actualiza esta visión, construyendo una dramaturgia donde el cuerpo, el grito y el gesto adquieren una dimensión simbólica que trasciende el lenguaje verbal.
Artaud concebía el teatro como un espacio donde el lenguaje debía ser sustituido por signos físicos, gestuales y sonoros que afectaran directamente al sistema nervioso del espectador. Julia recoge esta premisa y la reinterpreta desde una perspectiva feminista y contemporánea.

El cuerpo femenino en escena no es objeto de representación, sino sujeto de enunciación, territorio simbólico y político. El dolor, lejos de ser estetizado, se convierte en potencia creadora, en grito ritual que busca redención.

La fragmentación de la narrativa no es solo una estrategia estética, sino una forma de romper la linealidad del pensamiento racional y abrir paso a una experiencia liminal. La obra se despliega como una sucesión de escenas poéticas, cargadas de tensión emocional, donde el espectador no permanece como observador pasivo, sino que es interpelado desde lo visceral. Esta interpelación se produce a través de atmósferas sombrías, musicalización dramática y una corporalidad que encarna el trauma, el deseo reprimido y la pulsión de muerte.

Además, la obra comparte con el Teatro de la crueldad la idea de que el teatro debe ser un acto total, una ceremonia que involucre todos los sentidos y que desestabilice las certezas del espectador. La musicalización, el uso de la luz como elemento dramático, la gestualidad extrema y el silencio como signo son recursos que de la Rúa emplea para construir una experiencia escénica que no se limita a representar, sino que transforma.

En este marco, la propuesta escénica puede ser leída como una actualización del teatro ritual, donde el escenario se convierte en altar, el cuerpo en ofrenda y el dolor en lenguaje. La crueldad no se entiende aquí como violencia explícita, sino como confrontación radical con lo real, con lo reprimido, con lo que la cultura ha silenciado. La obra no busca consolar, sino despertar, sacudir, abrir heridas para que puedan ser nombradas.

La puesta en escena se inscribe con claridad en las coordenadas del teatro posdramático, tal como lo define Hans-Thies Lehmann en su obra homónima (Postdramatic Theatre, 1999). Este paradigma escénico surge como respuesta a la crisis de la representación tradicional y propone una ruptura con la estructura narrativa lineal, el conflicto dramático clásico y la centralidad del texto como eje del acontecimiento teatral.

Julia de la Rúa desplaza el texto verbal hacia una función poética y simbólica, subordinada a la performatividad del cuerpo. La obra se construye como una sucesión de escenas fragmentadas, cargadas de tensión emocional, donde el sentido no se articula de manera lógica o causal, sino a través de asociaciones sensoriales, gestuales y afectivas. Esta fragmentación responde a una estética de la discontinuidad, donde el espectador debe reconstruir el significado desde su propia experiencia perceptiva.

Lehmann sostiene que el teatro posdramático no busca representar una historia, sino generar una experiencia. En este sentido, El perfil de los perros convierte el escenario en un espacio de afectación directa, donde el cuerpo en escena no actúa, sino que se expone, se vulnera, se transforma. La protagonista no narra su dolor: lo encarna. El cuerpo se convierte en archivo de memorias rotas, en territorio simbólico donde se inscriben las marcas de la violencia.














Otro rasgo posdramático presente en la obra es la disolución de los límites entre disciplinas. Julia de la Rúa articula elementos del teatro físico, la danza contemporánea, la instalación sonora y la poesía visual, generando una dramaturgia expandida que desafía las categorías escénicas tradicionales. Esta hibridez responde a una lógica transdisciplinaria que busca romper con la jerarquía entre texto y acción, entre palabra y cuerpo, entre forma y contenido.

Asimismo, el teatro posdramático se caracteriza por la descentralización del conflicto dramático. En lugar de una trama con progresión narrativa, El perfil de los perros propone una constelación de escenas que funcionan como unidades autónomas, pero conectadas por una atmósfera común: la violencia estructural, el dolor como potencia, la reconstrucción identitaria. El espectador no sigue una historia, sino que atraviesa un paisaje emocional, simbólico y político.

Finalmente, la obra comparte con el teatro posdramático la voluntad de interpelar al espectador no como receptor pasivo, sino como cómplice de la experiencia. La mirada del público se convierte en parte del dispositivo escénico, en un acto de reconocimiento, de confrontación, de memoria.

La obra El perfil de los perros se sitúa en una intersección potente entre el teatro político y el teatro feminista contemporáneo. Esta doble influencia permite a Julia de la Rúa construir una dramaturgia que no solo denuncia la violencia de género, sino que la convierte en materia estética, filosófica y corporal. El escenario se transforma en un espacio de resistencia, donde el cuerpo femenino no es objeto de representación, sino sujeto político que interpela, transforma y reconstruye.

El perfil de los perros dialoga con el teatro feminista radical de autoras como Angélica Liddell y Sarah Kane, quienes han explorado el trauma, la violencia estructural y la subjetividad femenina fragmentada desde una estética del exceso, la crudeza y la exposición del cuerpo. Al igual que en Una costilla sobre la mesa (Liddell) o Blasted (Kane), Julia de la Rúa construye una dramaturgia donde el dolor no se representa: se encarna.

La protagonista de El perfil de los perros no es una víctima pasiva, sino una figura en tránsito, que se transforma desde la animalización (“nació perra”) hacia la divinidad, la ciudad herida, la loba que resiste. Esta metamorfosis responde a una lógica feminista que busca desmontar los discursos patriarcales sobre el cuerpo, el género y la identidad, y proponer nuevas formas de subjetividad que se construyen desde la herida, pero no se reducen a ella.

Además, la obra se inscribe en una genealogía de teatro feminista que entiende el escenario como espacio de memoria, de denuncia y de sanación colectiva. La violencia de género no se presenta como un hecho aislado, sino como una estructura que atraviesa generaciones, territorios y lenguajes. Esta perspectiva interseccional y transdisciplinaria permite articular una crítica profunda al sistema patriarcal, sin caer en simplificaciones ni estereotipos.

En la obra teatral, el cuerpo en escena se convierte en territorio político. Cada gesto, cada silencio, cada herida visible o invisible es una forma de resistencia. La obra no busca representar la violencia: la transforma en lenguaje, en símbolo, en potencia creadora. Esta concepción del teatro como cuerpo político se alinea con las teorías de Judith Butler sobre la performatividad del género y con las propuestas de Silvia Federici sobre el cuerpo como campo de batalla en el capitalismo contemporáneo.

En el texto dramático se aborda la violencia de género no como un hecho aislado, sino como una estructura que atraviesa cuerpos, lenguajes y territorios. Julia de la Rúa redefine el género como una categoría fluida, en constante tensión, donde hombres, mujeres y ciudades se reinventan desde el dolor. Esta perspectiva se alinea con los postulados de Judith Butler sobre la performatividad del género y la vulnerabilidad del cuerpo.

La atmósfera sombría, dramatizada crea un tono nostálgico que configuran una estética neoexistencialista que dialoga con los dilemas del nuevo milenio en una fragmentación identitaria, se presenta una normalización de la violencia y la búsqueda de sentido en contextos de crisis (es decir hablamos de cómo las personas, en medio de situaciones difíciles —como pobreza, guerra, pérdida, desastres o conflictos sociales— tratan de encontrar un propósito, una razón para seguir adelante o una explicación a lo que viven.

Es una idea muy ligada a la filosofía existencialista: cuando todo parece caótico o roto, el ser humano busca reconstruirse, entender su lugar en el mundo y darle sentido a su experiencia. En conjunto, estas ideas se usan en tu texto para mostrar cómo el arte (o el escenario que describes) representa a un sujeto que vive en un mundo roto, pero que aún así intenta sanar, entender y reconstruirse). El escenario se convierte en metáfora del cuerpo herido, del alma que busca redención, del sujeto que se reconstruye.

Desde la semiótica teatral, la obra se construye como un sistema de signos donde cada gesto, palabra y silencio tiene una carga simbólica. La figura del “perro” funciona como metáfora del sometimiento, la lealtad impuesta y la animalización del cuerpo violentado. La protagonista, que “nació perra”, se transforma en loba, en diosa, en una ramera inmoral, herida en su amor propio que se reinventa, pero que jamás olvida.

La obra plantea preguntas sobre el ser, el poder y la libertad. ¿Qué significa ser mujer en una sociedad que normaliza la violencia? ¿Puede el arte ser un espacio de emancipación?. Explora el trauma, la pulsión de muerte y la reconstrucción del yo. Los personajes encarnan arquetipos y pulsiones reprimidas que emergen en el lenguaje corporal. Invita a una interpretación abierta, donde cada espectador reconstruye el sentido desde su propia experiencia. El teatro se convierte en un acto de denuncia transversal, donde el cuerpo es territorio de lucha y el arte, un grito colectivo.

El perfil de los perros es una obra que exige ser vista, sentida y pensada. Julia de la Rúa articula una dramaturgia que combina poesía, filosofía y activismo, convirtiendo el teatro en un espacio de resistencia y sanación. Su mirada sobre la violencia de género es compleja, profunda y actual, y su estética escénica refleja las tensiones del nuevo milenio.

En tiempos donde la violencia se normaliza y la identidad se fragmenta, esta obra nos recuerda que el arte puede ser un acto de rebelión, una forma de reconstrucción y un dispositivo político que atraviesa fronteras. El perfil de los perros no solo se representa: se encarna, se transforma, se recuerda.

jueves, 5 de junio de 2025

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Sociedades infectas que pululan envueltas en belleza ficticia. El sol de los instantes va horadando cuerpos dormidos o hastiados de tanta ignorancia. Ignorancia a la que se someten por mera comodidad, no por miedo a nada, sino que esa molicie les lleva a lo fácil y vano de la existencia, al no encuentro de la autentica belleza, al absoluto de la vida, al espíritu.

La tierra, el mundo, o como queramos llamar a los poblados lugares que son llamadas naciones por los gobernantes, por las jerarquías, por los creadores de las inmensas fortunas, para crear además con ellas, guerras. Esos lugares habitados por vivos y muertos andantes, muchos infectos cadáveres que pululan envueltos en sus ropajes de vanidades.
Esta sociedad de ahora, en la que los valores son estímulo para pocos, y para muchos son asco o desvalor social, ya que de utilizarlos, destaparían la podredumbre del humano. Todo lo material tiene éxito y para el éxito material se requiere frialdad, totalitarismo, poder, denigración, incultura, lugares de ocio donde adormecer, expandir lo fútil y ficticio.






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viernes, 30 de mayo de 2025

IYRHA Y LUNA CAMINOS CRUZADOS -------------------------------------https://aranyaeditorial.blogspot.com/2016/02/articulo-sobre-la-novela-yrha-y-luna.html

 


............ Caminando hasta encontrar las callejuelas que rodeaban las cercanías de la biblioteca y que estaban desiertas. A tan tempranas horas solo acudían los eruditos, poetas o sabios que querían estar en absoluta soledad en sus estancias. Así que aquellas calles estrechas solo eran habitadas por los sonidos aún débiles que salían de las viviendas en las que ya comenzaban a despertar sus habitantes. Taisa sabía que Homero estaría allí y quería hablar con él. Había estado indagando en sus pensamientos acerca de la poesía y el amor, de la historia y de los nuevos caminos. Para ella, el amor era un enigma en cuyo núcleo debería de estar la pulsión primigenia y necesaria para sentirlo. De no ser así, jamás se sentiría la verdadera energía. Homero era alguien que podría, sin duda, establecer una correlación entre lo científico, lo natural o lo filosófico del Amor. Él sabía como nadie de caminos y de lugares, ya que los había recorridos todos.

 

Llegó minutos más tarde hasta la maravillosa arcada donde se encontraba la biblioteca. Siempre que llegaba el rumor del silencio se acrecentaba y Taisa sonreía. Era como si el Big Ben de la inercia de los cuerpos sutiles comenzara a sonar. Caminó resuelta hasta la gran puerta de madera tallada que se abrió con gran ligereza. Los largos pasillos adentraban a las grandes salas donde se almacenaban los miles de libros y objetos que a Taisa siempre le hacían sonreír al observar tal magnitud de palabras escritas en papiros. Caminó hasta un pequeño patio interior situado en una especie de sala bastante retirada del resto de estancias, nunca supo si ese patio era visitado por más gente ya que ella jamás vio a nadie. Sin embargo, estaba cuidado y armoniosamente construido con piedras talladas, palmeras con dátiles siempre maduros y un gran pozo en el centro de donde se podía obtener una delicada y purísima agua. Alguna vez le había preguntado por qué siempre estaba solo y él había contestado:

—Algún día, tal vez en otra de tus vidas descubrirás el porqué.

Homero sostenía un vaso de té del que bebía a pequeños sorbos con una especie de pajita que él mismo se liaba, hecha con delicadas hojas de acacia. Taisa nunca había visto tomar el té de aquella manera, pero desde que Homero le enseñó a confeccionar sus pajitas para sorberlo, ya no lo había tomado directamente del vaso, cuando estaba junto a él. Al verla entrar recogió el vaso preparado junto a un montoncito de hojas.

—Buenos días, Taisa... Hoy has madrugado más.

—Sí, algo me despertó y me hizo salir. Pero tú también has llegado antes —dijo sonriendo cómplice.

— A veces, mi amada, tu luz tenue me despierta en la noche. Entonces ya no puedo dormir. Tomo té y vengo a esperarte o a sentirte si no vienes. Hoy he tenido suerte, has venido.

—Sí, Homero, me sucede lo mismo a mí. No puedo conciliar el sueño en noches en las que un ángel me despierta haciendo ruiditos al batir sus alas. Ya sabes lo insistente que es... hasta que no consigue levantarme y empujarme hacia un nuevo viaje no para. Esta madrugada ni siquiera me ha dado tiempo a calzarme y mira qué túnica llevo, está deshilachada... ¡pero me siento tan bien enfundada en ella!...

—Amor... tú sabes que es así de natural el camino. Si hubieras perdido el tiempo en vestirte y calzarte, no habrías estado con el anciano ya que en esa mañana debía partir pronto al mercado de frutas, tus pies no habrían sentido los guijarros de la calle y el viento no habría entrado por los agujeros de tu deshilachada chilaba para acariciarte.

Taisa tomó el té que le ofrecía una mano anciana pero muy bella. Los dedos de aquella mano eran rotundos y de color más claro que el resto de la piel. Aquellos dedos que habían abierto y cerrado tantos libros... escrito tantas palabras parecían haberse vuelto plumas blanquísimas de ave. Solo ella se había dado cuenta y un día se lo había comentado a Homero.


— ¿Por qué tus dedos son tan pálidos y el resto de toda tu piel es tan oscura?

—Es extraño que percibas el color de mis dedos, nunca nadie me había dicho nada. Tal vez son tus ojos los que ven este color puro. Tal vez es que ya son alados y pertenecen a un ala ajena a mí mismo.

Taisa tomó el vasito que contenía un líquido dorado y de intenso aroma. Se sentó en el suelo y lo colocó entre sus rodillas, apretándolo fuertemente. Notó una sensación de calor que la recorrió hasta los pies. Era confortable sentir una sensación tan intensa. Mientras, sus manos colocaron el montoncito de hojas de acacia ya secas que le había dejado el sabio Homero y, dispersándolas por la túnica, eligió una. Homero la observaba con gran complacencia. Ella le sometía a todo un ritual de impactante belleza. Cuando inclinaba la cabeza para liar la hoja, el pelo rizado y largo se enredaba entre las pestañas y los labios...y le confería una estética un tanto salvaje, por la gran libertad y viveza que imprimía a cada gesto. Sus manos pequeñas y dedos armoniosos liaban la hojita hasta convertirla en un diminuto palito con un agujero casi imperceptible. Parecía casi imposible que el dorado líquido pasase a través de él. Después, sujetaba el tubito entre los labios, de los que Taisa retiraba el pelo pegado a la saliva, y se acercaba el vaso. Se veía cómo el líquido disminuía y sus ojos, bellísimos, se cerraban. Entonces Homero tomaba un mechón de su pelo y jugaba con él mientras ella, extasiada, gozaba del delicado sabor. Después... el tiempo pasaba sin ser molestados por nadie, ni palabras lejanas, ni ruidos de la calle. Homero le contaba sus razones acerca de la Ilíada y la Odisea. Envueltos en una extraña danza de amor por el saber, desplegaban los sentidos... el tacto... el olor, el sabor del té que recorría las gargantas calentándolas anulaba toda clase de pensamientos superfluos. Homero exponía su continuo peregrinar por el mundo y su amor a la poesía, mientras Taisa, convertida en mujer paciente, escuchaba en silencio... asumiendo su condición de discípula. El sol iba introduciéndose en el pequeño patio al avanzar la mañana, entonces parecían despertar del trance. Homero recogía los vasos vacíos de té y los depositaba en una pequeña bandeja de madera de palmera, tallada y trenzada. Daba la mano a Taisa con gran determinación, aunque suavemente, la acercaba hasta una estancia donde solo había un pequeño catre cubierto por una tela que parecía ser de seda carmesí, allí la depositaba delicadamente y le extendía el pelo alrededor, observándola con placidez mientras él desvestía su cuerpo y se sentaba a su lado. Sin oponerse, dejaba que Homero tomase el extremo de su chilaba y sentía cómo lentamente iba subiendo la suave tela sobre ella hasta llegar a la cabeza y ahí alzaba los brazos para ayudarle a extraerla, era entonces cuando Homero daba su último estirón y depositaba en el suelo la prenda. Homero acariciaba su cuerpo, cada pliegue, cada poro de piel desnuda, que se encendían como diminutos volcanes invocando a los dioses que flotaban entre ambos... Sus cuerpos se atrapaban hasta convertirse en uno, del que el blanco y oscuro color de sus pieles, parecían ser convertidos en intensa sangre, de ardor y apasionado nirvana. Las horas daban lugar al juego del amor sin barreras, sin fronteras ni tabúes. Dedos y lenguas jugaban al unísono de sus pieles aviadas de sentir prodigios de amor... poros, que se destapaban o cerraban ante sutiles movimientos... ojos, que se abrían para observar el placer del otro y así saborear la esencia que despedía... Minúsculas gotas de sudor se aliaban con sus cuerpos, haciendo que se convirtiesen en más dóciles y resbaladizos... además un intenso olor se desprendía de aquellas gotitas convertidas en sudor dorado... El té y las hojas de acacia habían hecho posible que aquello sucediese y ella era la fiel, la dócil amante que se dejaba hacer, para alcanzar lo sublime a través de la mágica pócima realizada por Homero...Despertó. 

La música de la luz mediterránea se difuminaba por la habitación. Las cortinas habían permanecido abiertas y recordó que por la noche no había querido cerrarlas. La ventana era inmensa y además daba a una gran terraza, desde la que se divisaba todo el impactante cielo. Vivía en un ático y de ahí que tuviese la fortuna de poder alcanzar aquellas experiencias. Alguna noche se negaba a taparse y dejaba su cuerpo desnudo... como si lo ofreciese en un altar... entonces se quedaba dormida aferrada a su recuerdo, el recuerdo de Yrha al que amaba. Besos a la almohada y los compases del cuerpo que se movía sensual en un acto de coito espiritual, la adormecían. Entonces sentía a su amado pegado en la espalda aferrado con gran fuerza a su cuerpo, así, hasta que despertaba. Se levantó desnuda hacia el baño... el agua fría recorrió su cuerpo y buscó la presión del agua como queriendo que rompiese su piel o sus huesos. Había despertado como si viniese de un largo viaje a través del tiempo. Al despertarse vio a su lado el montón de páginas numeradas de la larga carta que Alejandro le había hecho llegar hablándole de su viaje imaginario a Alejandría. Pensó en él y en la forma que tenía de llevarla hacia su amor. Sin duda seguiría dejándole cartas. ¿Hasta cuándo? No lograba que su mente nivelara la sensación del ayer y el hoy y frotaba con la esponja su piel hasta verla enrojecer y con la sensación de estar más oscura, brillante... ¿Qué clase de sueño o vida paralela había vivido aquella noche y por qué Homero la amaba en su sueño? ¿Era ella, la Taisa del siglo XXI, u otra mujer a la que amaba Homero? De inmediato recorrió el salón, llegó a la cocina, hizo un café y acudió al ordenador. Allí, Yrha la esperaba con sus letras verdes... su «te amo» la aliviaba y simplemente se dejaba llevar por aquel hilo conductor del hombre que la seducía desde la distancia y la situaba en el cruce de caminos.

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Araña editorial: Articulo sobre la novela Yrha y Luna, caminos cruzados. Por Vicente Rodriguez Ferrer