viernes, 16 de junio de 2017

F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, aforismo 232..¿ Qué destino le espera a la mujer del siglo XXI ?


¡Cállate la boca!
Siempre había escuchado
¡Cierra la boca!
¡Cállate!
ssssssssssssssssssss
Pero
¡Cállate la boca!
 jamás.
Aquel día vi a una boca mujer caminar a cuatro patas en busca de su bozal. Su amo la amedrentó de tal forma que ella misma se colocó un bozal que no sólo le cubría la boca, sino toda la cabeza.


“Fue preocupación y solicitud del varón por la mujer el hecho de que la Iglesia decretase mulier taceat in ecclesia! [¡que se calle la mujer en la Iglesia!]. Fue en provecho de la mujer por lo que Napoléon dio a entender a la demasiado locuaz Madame de Staël mulier taceat in politicis! [¡que se calle la mujer en la política!]. Y yo pienso que es un auténtico amigo de la mujer el que hoy les grite a las mujeres mulier taceat de muliere! [¡que se calle la mujer sobre las mujeres!]”.
F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, aforismo 232.


¡CALLATE LA BOCA!
Aquella boca callaba y la mujer sólo hacia las labores asignadas a su nombre, a su ser perra apaleada y despreciada por el peor de los tiranos, el soberbio y vacuo que teme el mordisco de su sierva.
Una escena del teatro humano que se representa incansablemente cada día. Esa escena de sometimiento al tirano, al ser abyecto que es capaz de convertir a una mujer en boca, en un agujero que únicamente es el engullir alimentos para defecarlos después.
¡CÁLLATE LA BOCA!


Un día, pasado el tiempo,
volví a escuchar
¡Cállate la boca!
¿Iba esta vez dirigido a mí?
¿Eran mis oídos los que escuchaban?
“¿Sigo teniendo oídos?
¿Soy oídos y nada más?”.
Oteé el espacio.
Agucé mi olfato.
Olisqueé cada esencia
que salía de esa orden.
Estiré mis orejas.
Perpleja.
Y la esperanza de ser
otra
se esfumó
al sentir un gran estirón del amo
que me ataba con el cordel
de áspero esparto.
¿De repente mi boca tenía cuatro patas?

Boca. Boca. Boca.

¿La boca no sólo comía?
¿Hablaba?
¿Decía algo inteligente
que afectaba a la mediocridad del amo?
 ¿Ladraba?
¿Se quejaba de la tiranía impuesta?
¿Mordía? ¿Hacía saber de la existencia- femenina-primitiva a la cual pertenecía esa boca?

Ahhhh...

Se me hizo tan grande la boca

que ya no había labios finos
ni lengua rebosante de baba.
Sólo un arma
a la que el amo tenía miedo
y acallaba.

Una gran jauría de
bocas bocas bocas bocas bocas
fue por aquel tiempo mi destino.
Una jauría con bozales
tan humanos
que necesitaron
la destrucción de una palabra,
mujer,
¡para ser aniquilados!


No recuerdo cuándo me hice débil y servil al maltratador; y lo peor, no recuerdo cuándo le hice a él serlo.
De repente, estaba metida en un embudo tan estrecho que apenas ni existía. Sin embargo, era un gran océano cerrado, frío y perverso. ¿Por qué consentía aquella vida obscena y tiránica? ¿Quién o qué estaba a nuestro alrededor para no poder evitar que mi debilidad me hiciese ser la más estúpida de las mujeres?
¡Y la más banal! La mujer que permitía hacer del hombre al que amé un ser también servil a sus maltratos.

Después de la masacre, corría despavorida a mirarme al espejo. Un rostro abotagado, una mano que recorría los labios con ternura inusual, se reflejaba ante mí. La luz fría de esas malditas habitaciones que acogen los desperdicios del cuerpo también recogía el desperdicio de mi alma. Agazapada junto al pequeño plato de ducha, me convertía en un manojo de mujer que ha dejado de serlo para ser perra apaleada.
Pasaban las horas.
La fría cerámica del inodoro era un vaso de mocos y flemas. Qué pequeño era todo. Detrás de la puerta andaba en silencio el tirano-amo. Un televisor acogía su malditismo y su mano hacía un movimiento compulsivo para poder llevar a la boca las pipas de girasol que sonaban al ser machacadas por los dientes pétreos. Tragaba mecánicamente aquellos diminutos frutos de la tierra y del sol. Quizá llegaban al estómago o al cerebro. Qué elixir podía contener para que olvidara aquel maldito a su perra apaleada.
Yo seguía despavorida en el pequeño baño. Agazapada o erecta mirando al espejo que reflejaban aquellos ojos eternos de impotencia.
Horas —o minutos o vidas— después, se abría la puerta de aquel lugar sucio. Me arrastraba hasta la cama y caía derrumbada.

Volvía el tiempo en el futuro. Recomponía mi rostro en ese tiempo. Sonrisas y lágrimas compitiendo. Caminar de nuevo por calles ajenas donde buscar sinrazones o razones a mi propia cobardía.
El amo había desaparecido en busca de otra perra a la que doblegarse, humillarse, una perra igualmente maltratada aunque fuera penetrada de halagos y otros falos. Una perra, la otra.
El amo buscaba consuelo.

Después, un vacío, y, más tarde, sin mucha demora, mi cuerpo salía corriendo, despavorido, al pequeño baño donde buscar el rostro perdido. El amo había vuelto.

EL PERFIL DE LOS PERROS