miércoles, 4 de abril de 2012

PUI-MIC- NOVELA-


DIARIO
Principios de Septiembre
Pasa el tiempo, y voy retomando los momentos vividos junto a ti. Entonces no era consciente de la sutileza de nuestro encuentro. Hoy al escribir en este diario puedo sentir esa vivaz presencia de la sorpresa. Tu sorpresa al encontrar una mujer, de la que te dijeron: Es poeta...

Recupero ahora el impacto que me produjo tu persona y tus especiales amigos. Aquel mar junto a las montañas, ¡sublime! La cena que hiciste con prisas y sin el sabor que tú hubieras deseado y que a mí se me antojó sencilla pero muy agradable y exótica, tal vez por no tener su punto de perfección. Los senti-mientos que nos llevaron a hacer del Reiki casi un juego amoroso donde las mujeres que nos acompañaban sintieron como sus almas se abrían dejando al viento toda su intimidad. Aquel espíritu de Alicia, mujer rubia, olvidada por los hombres, que experimentó en un instante el orgasmo del placer al yo acariciar su rostro. Y aquel final, en la despedida, en que tú un hombre extranjero, me robaste un beso; o quizás se lo robaste a la poeta de tus sueños, los que hiciste realidad aquella noche, en mi cuerpo.

¿Qué te suponía yo en aquellos momentos? ¿Tu libertad? Sin duda sentiste la mía e inteligente quisiste aferrarte a ella porque eres ese ser conocedor de la falta de libertad que sabe en dónde puede anidar sin condiciones.

Me pregunto ahora desde la distancia que nos da los días que pasan, dónde nos lleva el ser libres. Mi libertad admitió aquel encuentro. Lo hice mío a pesar de mi mente racional que a veces recelosa no quiere dejarme en manos de la anarquía, ¡tu anarquía! Ésa que ahora al darme a tus deseos me permite dejar crecer el vello de mis piernas para ti, que te gusta.

«Como las mujeres de mi país… déjalo así», has dicho sin-tiéndote feliz.

Hoy, en esta mañana de un día especial, te observo. Estás a mi lado entre suaves sábanas, mientras recuerdo y escribo en el diario. Acaricias mis pechos y mi piel deseosa se excita al contacto de tus dedos, aún sin proponérmelo. Dos ojos de color incierto me recorren con ternura, esa tan olvidada en un hombre sencillo sin más manejado por unos ideales que otros hicieron suyos sin preguntarle. Al mirarme dejas tu pasado en mis manos para que yo te saque de tus miedos, y te dé ese calor que hará disipar los hielos de tus recuerdos.

Sin palabras me reclamas ya, deseoso de placer: quieres hacer el amor, sentir ya ese calor que encuentras en mí, y mi cuerpo es dócil, te da todos tus anhelos. ¿Por qué accedo a ello?, me pregunto. Mas sé, que no hay respuestas. Ahora estamos juntos. Somos nuestros cuerpos desnudos, envueltos en mil cosas, en mil deseos, todos casi olvidados por un viejo pasado. Siento como vamos destapando uno a uno, con miedo infinito, esos agujeros negros, para que salga por ellos esa magia del amor, que hace puros nuestros encuentros.

Mi pierna redonda, sutil y pequeña... la haces tuya y te gusta. Junto a mi otra pierna te atrapan para que penetres en mí con fuerza. Después surgirán mil explosiones de placer, también dolor, al considerar que no seremos capaces de retener estos instantes para siempre.

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